Introducción al libro de Jueces

por Hno. Frank Herrera , Febrero 26, 2018

Hemos dado inicio a nuestro estudio en el libro de Jueces. En la primera sesión abarcamos
una introducción en esta etapa de transición del pueblo de Israel.

Una vez que el pueblo de Israel entró a poseer la tierra prometida, y después de la muerte de Josué, Dios levantó diferentes jueces (cuyo significado en hebreo es un libertador/salvador), quienes liberaron a los israelitas de sus enemigos (2:16). Estos actuaban como líderes espirituales, militares y políticos a favor del pueblo, pero fueron rechazados e ignorados con frecuencia (2:17).

El capítulo 1 nos presenta los hechos de Judá y Simeón. La justa recompensa de Adonibezec, la toma de Jerusalén y Hebreón. Otoniel (el primero de los Jueces) conquistó Debir y recibió a Acsa por mujer. De la misma manera se puede apreciar los hechos de Benjamín, y las conquistas de José y de las otras tribus. El capítulo 2 de la mano del capítulo 1 menciona nueve de las doce tribus y su fracaso al no ganar una victoria completa en expulsar al enemigo. Las tres tribus no mencionadas son: Rubén, Isacar y Gad; cada tribu se enfrentó a un enemigo particular.

En los versículos 22-23 del capítulo dos, vemos cómo Dios puso a prueba al pueblo: “para probar con ellas a Israel, si procurarían o no seguir el camino de Jehová, andando en él, como lo siguieron sus padres.   Por esto dejó Jehová a aquellas naciones, sin arrojarlas de una vez, y no las entregó en mano de Josué”. Aun cuando Dios mostró paciencia y misericordia para con ellos, llegamos al capítulo 3 donde vemos que los israelitas contrajeron matrimonio con los cananeos, heteos, amorreos, ferezeos, heveos y jebuseos, a pesar de que Dios se lo había prohibido expresamente.

En esta breve introducción podemos darnos cuenta cuán duro es el corazón del hombre, y cuán grande es la Gracia y Benevolencia del Señor. Dios en estos postreros días no ha provisto libertad absoluta del pecado por medio de la obra redentora de Cristo (Juan 8:36), y aún más, nos ha dado su Santo Espíritu el cual nos capacita del dominio del pecado en nuestro diario andar (Gálatas 5:17).

Queda en nosotros los creyentes, la elección de brindar honra al Señor no dejándonos dominar por nuestra concupiscencia sino siendo guiados y capacitados por las arras de su Espíritu.

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